La RAE define el término influencer como un anglicismo que hace referencia a una persona con capacidad para influir sobre otras, principalmente a través de las redes sociales. Pero ¿qué convierte realmente a alguien en influencer? En mi opinión, es una persona que, por casualidad o como consecuencia de crear contenido de forma constante, ha logrado construir una comunidad que la admira. Muchas veces esa conexión nace de su sentido de la moda, su sensibilidad hacia determinadas causas sociales o su humor. Es decir, de una personalidad que, en origen, se percibe como auténtica.
Precisamente por eso, hoy quiero dedicar este observatorio a reflexionar sobre la autenticidad de los influencers en pleno 2026. Vivimos un momento marcado por el desarrollo exponencial de la inteligencia artificial y por una producción incesante de contenido en redes sociales. En este contexto, cada vez me resulta más difícil distinguir qué hay de genuino y qué responde simplemente a una estrategia optimizada para funcionar.
No soy influencer, pero sí trabajo con ellos y sigo de cerca las tendencias del sector. Desde esa posición, no puedo evitar preguntarme cuántos de los contenidos que vemos nacen realmente de ideas propias y cuántos, por el contrario, se apoyan en herramientas de inteligencia artificial como ChatGPT u otras similares. Y esto no quiere decir, ni mucho menos, que esté en contra de la inteligencia artificial —puede que incluso yo misma la haya utilizado para reestructurar mis pensamientos en este observatorio—, sino más bien que me interesa abrir una reflexión: si deberíamos considerarla únicamente como una herramienta que nos ayuda a ver las cosas más claras o si, por el contrario, está empezando a actuar como un ente creativo que transforma, e incluso redefine, la autenticidad de los propios influencers.
Hace unos días, sin ir más lejos, encontré un post en LinkedIN de una persona a la que le habían ofertado desarrollar ideas para creadores por la mísera cantidad de 700 €. Y esto, en un sector que mueve cifras muy elevadas por contenido y colaboraciones. Este tipo de situaciones refuerza la sensación de que, detrás de muchas cuentas, hay equipos, estrategias y procesos cada vez más industrializados, aunque la imagen que se proyecte siga siendo la de una voz individual y cercana.
A esto se suma la tendencia —muy comentada recientemente a raíz de la reflexión “2016 vs. 2026” de nuestro compañero Mario Villaescusa— de ver cómo muchos contenidos se repiten: refritos de otros creadores, adaptación de trends o el mismo material replicado en diferentes plataformas. Da la impresión de que la creatividad se recicla constantemente dentro de un mismo circuito cuando en 2016 veíamos contenidos cercanos, auténticos y sin tanta edición ni postproducción.
Por eso me pregunto hacia dónde se dirige este modelo. En 2026, un año en el que la profesionalización del sector está plenamente asentada, ¿qué espacio queda para la autenticidad que, en teoría, dio sentido al fenómeno influencer? Y, sobre todo, ¿cómo va a afectar esta dinámica a los llamados creadores de contenido si cada vez es más difícil distinguir entre quien tiene voz propia y quien automatización?
Firmado por:Eva Baena Rodríguez