Como siempre, me voy a poner nostálgica con mis observatorios.
Allá por 2008, los conocidos “youtubers” de la época, comenzaron a producir contenido como una forma de expresarse, encontrar comunidad o simplemente sentirse acompañados. Muchos grababan vídeos desde sus habitaciones, compartiendo sus aficiones, sus pensamientos o su día a día con una cámara de calidad dudosa y sin imaginar que aquello pudiera convertirse en una profesión. Internet era, en cierto modo, un refugio. Un lugar donde conectar con personas que estaban pasando por situaciones parecidas o compartían intereses.
Sin embargo, hoy en día, ¿no tenéis la sensación de que cada nuevo influencer que aparece es porque es amigo, hermano, hijo o novio del influencer de turno?
Cada vez tengo más la impresión de que la industria de la influencia ha evolucionado hacia un ecosistema donde la visibilidad ya no depende únicamente de la creatividad o de la capacidad auténtica y genuina para conectar con una audiencia. Ahora también influyen factores previos como la fama familiar, las relaciones sentimentales con personas conocidas o el acceso a recursos económicos y mediáticos. En muchos casos, la influencia parece haberse convertido en algo que se hereda o se comparte dentro de determinados círculos.
Y sinceramente, no les culpo. ¿Quién no querría formar parte de una rueda en la que tu status social aumenta, las marcas te invitan a eventos y tu estilo de vida parece cada vez más atractivo?
Especialmente en una realidad como la que vivimos en 2026. Una realidad en la que muchos jóvenes ni siquiera contemplan la posibilidad de comprarse una vivienda, mientras que las redes se llenan de publicaciones de influencers con las llaves de una casa recién comprada y su posterior reforma. Una realidad en la que ves a creadores pasar el verano entre Ibiza, festivales, semanas en barco o escapadas constantes, mientras tú haces números para ver si este mes puedes permitirte tener el aire acondicionado encendido durante la ola de calor sin llevarte un susto en la factura. O lo mismo ocurre con esas rutinas perfectas que vemos a diario en redes. Vídeos de entrenamientos, desayunos preciosos, masajes drenantes, eventos exclusivos y una vida aparentemente idílica. Mientras tanto, la realidad de sus seguidores consiste en levantarse temprano, ir a la oficina, pasar allí ocho horas (como mínimo), volver a casa, preparar el táper para el día siguiente, hacer la cena, sentarse un rato frente a la televisión y quedarse dormida para volver a empezar al día siguiente.
Y aquí es donde me apetece reflexionar, porque la realidad es que no creo que la vida de los influencers sea tan idílica como muestran ya que como siempre dicen, solo muestran lo “bueno” de sus días. Pero sí que creo que tal y como están concebidas las redes a día de hoy, muchos usuarios sienten una distancia cada vez mayor respecto a los influencers que siguen.
Y quizá por eso echo de menos aquella sensación de los primeros años de las redes sociales, cuando seguir a alguien era sentir que habías encontrado a una persona que se parecía a ti. Cuando la distancia entre quien creaba contenido y quien lo consumía no parecía tan enorme como lo parece ahora.
Firmado por: Eva Baena Rodríguez