¿Quién eres cuando no publicas?
Hace unos días leí un titular que decía, “Si no publicas nada en redes sociales, tranquilo no eres aburrido” y sin quererlo, no pude evitar ponerme a reflexionar en cómo nuestro perfil en redes sociales condiciona (para bien o para mal) la forma en la que los demás nos perciben, así como lo que los demás piensan de nosotros.
Hubo un tiempo en el que las redes sociales eran el lugar donde subíamos fotos de las vacaciones, compartíamos memes y felicitábamos cumpleaños con una publicación en Facebook que inevitablemente terminaba con un “¡Gracias a todos!”. Eran, en esencia, una extensión digital de nuestra vida social.
Pero desde hace un par de años, las redes sociales ya no son solo canales de comunicación. Son una carta de presentación. Y, como cualquier carta de presentación, también comunican cuando están en blanco.
Hoy, cuando conocemos a alguien nuevo, lo habitual es que busquemos su perfil en Instagram o LinkedIn antes incluso de volver a hablar con esa persona. Lo hacemos con candidatos a un puesto de trabajo, con posibles colaboradores, con personas que acabamos de conocer en un evento o, incluso, antes de una primera cita.
La pregunta ya no es únicamente “¿a qué te dedicas?”, sino también: “¿cómo te llamas en Instagram?”.
Y eso ha convertido a las redes sociales en algo mucho más complejo que un simple canal de entretenimiento: se han transformado en nuestra carta de presentación.
Cuando las redes se convirtieron en escaparate
Durante años, desde la publicidad y el marketing hemos repetido una idea hasta convertirla en mantra: hay que estar donde está tu audiencia.
Y tiene sentido. Las marcas necesitan visibilidad, los profesionales necesitan construir reputación y los emprendedores necesitan generar confianza. Sin embargo, esa lógica ha terminado impregnando también nuestra vida personal.
Sin darnos cuenta, todos hemos aprendido a gestionar una pequeña marca: la nuestra. Ahora elegimos qué fotos publicar, qué logros compartir, qué causas apoyar, qué tono utilizar y hasta qué aspectos de nuestra personalidad mostrar. Curamos nuestro contenido. Editamos nuestros mensajes. Hasta pensamos si una publicación “encaja” o no con la imagen que queremos proyectar.
No hace falta ser influencer para hacer branding. Hoy lo hacemos todos.
Tu perfil es la nueva primera impresión
Antes de una reunión, una cita o incluso antes de elegir el restaurante al que ir a cenar, buscamos su perfil en redes sociales.
Aunque muchas veces solo encontramos señales, a través de su perfil nos hacemos una idea de qué le interesa, cómo se comunica, los valores que nos transmite y hasta comentamos el tipo de persona que parece ser.
Y esto mismo hacen algunas empresas cuando de buscar talento se trata. Según una encuesta realizada por Infojobs en 2024, el 54% de los reclutadores revisan las redes sociales de los candidatos antes de contratarlos. Nuestros perfiles personales se han convertido en una extensión más de nuestro CV.
Las redes sociales han asumido parte del papel que antes desempeñaban las primeras conversaciones. Funcionan como una especie de tráiler de nuestra identidad. ¿El problema? Un tráiler nunca cuenta la historia completa.
Y aunque una fotografía, una biografía creativa o un perfil profesional cuidadosamente trabajado pueden generar impresiones muy concretas… no siempre reflejan quiénes somos realmente.
El silencio digital también comunica
Durante mucho tiempo nos preocupamos por el miedo a publicar algo inapropiado. Pero ahora aparece una pregunta diferente: ¿Qué ocurre cuando no publicamos nada?
La ausencia en redes también genera interpretaciones. Puede leerse como un signo de discreción, de privacidad o de desactualización. Lo curioso es que ninguna de estas conclusiones tiene por qué ser cierta. Son narrativas que construimos a partir de la falta de información.
Por supuesto, este perfil de usuario es cada vez más común. Se trata de personas con cuentas activas, que consumen contenido y son usuarias de estas plataformas, pero que no publican prácticamente nada. El fenómeno se ha denominado zero posting y la psicología lleva tiempo estudiándolo.
Y aunque es difícil categorizar este comportamiento, la psicología sostiene que refleja rasgos de personalidad muy concretos relacionados con la privacidad, la independencia emocional y la forma de relacionarse con el entorno digital.
“Yo no tengo redes” ¿Un nuevo símbolo de estatus?
Estoy seguro de que alguna vez has escuchado: “Yo no tengo Instagram” o “No necesito enseñar mi vida a nadie.”
Y yo, alguna vez, incluso he llegado a sentir admiración ante este tipo de personas.
Entiendo que renunciar a determinadas plataformas puede aportar beneficios evidentes: más tiempo, menos comparación constante, menor exposición pública y una relación más sana con la validación externa.
Ahora bien, creo que tampoco conviene idealizarlo. Porque en determinados contextos personales y profesionales, la ausencia total puede tener un coste: puede dificultar el networking, reducir oportunidades de descubrimiento o generar, tal vez de forma injusta, la percepción de que alguien está menos conectado con la realidad digital.
Además, en algunos casos, presumir de no tener redes sociales puede convertirse en otra forma de posicionamiento. Una especie de “superioridad moral digital”. Como si quienes participamos activamente en estos espacios fuésemos menos auténticos o más superficiales.
Y yo reflexiono de nuevo. Tal vez la cuestión no es decidir qué postura es mejor, sino preguntarnos si cada uno de nosotros elegimos libremente cómo queremos relacionarnos con las redes o si simplemente reaccionamos a las expectativas del entorno.
La verdadera autenticidad está en elegir
Las redes sociales son, efectivamente, una carta de presentación. Pero una buena carta de presentación debería permitirnos decidir qué queremos contar, cuándo queremos hacerlo y qué aspectos preferimos reservarnos.
Porque la verdadera autenticidad no consiste en compartir absolutamente todo. Ni tampoco en desaparecer para demostrar que estamos por encima de las plataformas. Consiste, simplemente, en saber y poder elegir.
Y en una época obsesionada con la visibilidad, tal vez ese sea el mayor reto digital.
Firmado por: Mario Villaescusa Moreno