El primer trimestre del año ha sido un vuelco geopolítico mundial que también ha impactado con fuerza en la senda liderada por Europa para cumplir la Agenda 2030 en términos medioambientales y sociales.
La llegada a la Casa Blanca de Trump ha generado tensiones internacionales y ha cambiado drásticamente la postura de Washington, no sólo en política exterior sino también en otros aspectos. El giro de Estados Unidos ha supuesto, entre otras cosas, el abandono del Acuerdo de París y la Organización Mundial de la Salud (OMS); el desmantelamiento de regulaciones climáticas, o la paralización de la actividad del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC); así como de otras políticas sociales dedicadas a la diversidad e inclusión; o cooperación internacional para el desarrollo sostenible.
¿Y en Europa?
Antes de las elecciones en EEUU, Mario Draghi avisaba en el informe para la competitividad europea la necesidad de “reorientar profundamente sus esfuerzos colectivos para cerrar la brecha de innovación con Estados Unidos y China”. Y las políticas arancelarias y en materia de defensa de Trump no han hecho más que corroborar la importancia de reordenar las prioridades presupuestarias.
¿Eso quiere decir que Europa ha parado todos sus objetivos medioambientales y sociales? No. Europa ha reaccionado manteniendo los objetivos, pero relajando los plazos y rebajando la presión normativa. En el caso de las empresas fundamentalmente en lo que a reporte se refiere, para aflojar así la asfixia regulatoria que venían acusando.
¿Cómo han reaccionado las empresas y su estrategia de comunicación?
En Estados Unidos, las medidas de Trump no se dirigen directamente a las empresas, pero esta situación las ha colocado en la situación de decidir cómo quieren actuar y hasta que punto quieren hacer visibles sus decisiones. En el caso de Europa, el margen regulatorio ha generado el mismo impacto. En definitiva, esta situación, ya sea causada por un movimiento político o regulatorio, ha servido para sacar a la luz cómo de convencidas estaban las compañías de las políticas ESG (muchas de ellas ya implantadas); o si la rebaja en la presión política y normativa ha motivado un cambio, siguiendo una estrategia más suave o silenciosa.
Algunas sí se han reafirmado en sus decisiones públicamente y otras se han retractado (también públicamente) y han vuelto atrás. Algunas incluso han suprimido palabras como sostenibilidad o ESG de las presentaciones de resultados. Mientras que otras han actuado de puertas para adentro, sin significarse o exponerse.
La autenticidad como faro
Con la incertidumbre de un presente y futuro convulso, en donde las restricciones arancelarias, la inflación y otras cuestiones geopolíticas moverán la aguja de las relaciones internacionales, será más necesario aún el valor y autenticidad de los agentes sociales. Sin duda, aquí jugarán un papel más relevante aquellas compañías que quieran posicionarse con unos principios y un propósito auténtico que persiga ese impacto positivo y transformador de la sociedad; que siga la coherencia entre lo que dicen ser, lo que hacen y lo que se percibe de ellas para lograr ganar o mantener la legitimidad que se espera de ellas.